Al anochecer
Ojalá y cuando acabe el día lluevan palabras y que éstas detengan las agujas del reloj. Como hacíamos antes, a la vera del fuego o haciendo un corro en la puerta de casa, nos contaremos historias mientras Venus se hace visible y enciende la noche.
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Un día cualquiera

6.2.13



Día tras día, la Mujer Olvido, señala el camino incierto con sus huellas. Inquieta, insegura, los ojos hundidos en los pies. Ajena a todo lo que le rodea, tan sólo pregunta "¿dónde vamos ahora?". Utilizando la queja crónica como actitud vital, delegando obligatoriamente cualquier responsabilidad y rechazando su vida, ha dejado esparcida por casa una realidad ilusoria. La leche hirviendo que está fría porque no le quema los labios, el frío que hace en verano porque se mueven las hojas de las plantas al jugar con el viento, la falta de hambre porque no le gusta la comida o le cuesta tragar, la familia que no tiene porque la ha olvidado ... La enfermedad que padece, disfrazada de falta de memoria, además de distanciarle los pensamientos que luchan por salir de su cabeza, consigue que lo vivido se evapore en pompas de jabón que estallan apenas se elevan; como si tuviera fugas en el espíritu; como si alguien hubiera puesto aquí y allá los figurantes de una obra de teatro que aún está por estrenar. Se la ve tan frágil en el mar ondulado de daños irreversibles...
Avanza y parece prescindir de la presencia de la sombra que camina a su lado e intenta abstraerla de la confusión en que vive. Esta, sabedora de que la mayoría del tiempo no sabe qué pasa por su cabeza y cómo puede reaccionar, querría preguntárselo, pero el aire sin articular le estrangula la garganta y las palabras mueren en la punta de la lengua . Le basta con lograr, que el exceso de comprensión que le produce dolor de estómago viva en el anonimato, mientras sonríe mentiras. Observa la mujer que camina con cierta dificultad y se da cuenta que la mira sin parpadear, mientras se esconde tras la mirada de un niño perdido. Intenta captar su atención con el geranio de un balcón, el saludo de una persona conocida, la caída de la hoja de un platanero, las carcajadas de los niños que corren tras las palomas o el vuelo de los pájaros que cruzan el cielo sobrevolando sus cabezas, esperanzada que los ojos perciban algo más que el polvo y la suciedad del asfalto. A veces consigue que eleve la cabeza y le sonría convirtiendo los sinsabores en pequeñas victorias acompañadas de un mínimo de credibilidad. Asume que la conoce pero no sabe quién es, mientras la acompaña tratando que establezca puentes con la vida que un día perdió en un relámpago del tiempo. Deben acostumbrarse a enfrentarse a un mundo en el que no existen los medios que serían necesarios para ayudarla. Los resultados de las investigaciones se proyectan en un futuro utópico y cruel que borra la esperanza de los enfermos de Alzheimer.
Cuando va a buscarla a la residencia, la Mujer Olvido la recibe con muestras de cariño, cosa que la tranquiliza y confirma que se equivocaba al pensar que la encontraría triste y más desorientada. Al salir a la calle afronta de nuevo la pregunta de siempre: ¿qué tiene que hacer allí y por qué tarda tanto en recogerla? La respuesta, repetitiva, no calma del todo la inquietud de la Mujer Olvido que delira perjuicios, pero al cabo de un instante ya habrá olvidado dónde estaba y quién la iba a "rescatar" de aquel lugar, siempre desconocido, porque no se le puede quedar grabado en los recuerdos. Son varias las tareas que le impone y que, desgraciadamente, no evitan que se pierda en la espiral del tiempo. Nunca sabrá que incluso en el mundo indigno donde la ha cerrado su mente ha conseguido una amiga especial que, aunque está retrasada en el camino, la sigue. Esta, acompaña su salida con el silencio, la de ella será algo más tarde, cuando sus hijas lleguen.
En el mañana incierto recorrerá nuevamente el mismo camino, siempre desconocido; con las mismas preguntas, nunca recordadas; recibiendo las mismas respuestas. Si nadie lo detiene, se alejará por una calle, paralela que la empequeñece, hasta el punto que un día desaparecerá para siempre.


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Al amanecer del olvido

18.2.12



Al amanecer del olvido, observa cómo pasa la vida con la mirada inocente de un niño. Si recuerda su casa, la familia o lo que deja atrás, no los añora; la preocupación o las lágrimas se le diluyen en las páginas desnudas, sin nada escrito, de sus recuerdos. En un mundo que se escribe con tinta invisible, la Mujer Olvido parece una muñeca rota; un botín de guerra que premia la enfermad que le ha vencido viviendo días larguísimos para una mente vacía. Habla a menudo con palabras extraviadas que se pierden entre el pensamiento y la boca, en medio de las dunas de un desierto de silencios. Dicen que un día, la luz que miraba de manera insistente se matizó y ayudó a renacer los recuerdos guardados en la inconsciencia. Unos ángeles con una sola ala llegaron al mundo de fantasías y mentiras y ocuparon todo el espacio. No tenían rostro, ni pies, ni manos, ni nombre, pero actuaban con la seguridad que sabían lo que ella necesitaba. De dos en dos, la única manera en que podían volar guardando el equilibrio, anudaban sus brazos a los de ella y la ayudaban a adelantar en el sendero del tiempo. Siguiendo el “collage” formado por rancios y emotivos pedazos íntimos, se pararon en un aposento donde ella, la señora de aquel tiempo antiguo, era modista y regalaba la brillantez de sus ojos a las prendas de ropa que confeccionaba. Allá no hilvanaba con laberintos las anchas costuras de la enfermedad que sufría y los seres alados aprovecharon para que cosiera las ideas de manera comprensible. Le mostraron como coser momentos, como zurcir pedazos del día y como combinar vivencias con bordados multicolores. Cuando se le enredaban los hilos o se le hacían nudos y miraba el vacío, la ayudaban a festonear las voces y a sobrehilar la tela de lo que vivía. También le hacían que practicara  rematando con un pespunte, lo poco que recordaba y trataban que no remontara ni retocara nada con tal de tapar la herida del disimulo. Miraba a la Mujer Olvido con ojos vigilantes, obligada a no intervenir, tratando de borrar la desazón que le producía lo que intuía que acontecería. Todo debía continuar del mismo modo, con una continuada alerta involuntaria para evitar que le ocurriera nada mientras custodiaba su existencia desteñida, con la convicción de que no los reconocía, pero sentía lo que desprendían hacia ella. Las visitas de los neurólogos y los psiquiatras dejarían de ser el único apoyo. Seguro que en el Centro de Día todo iría bien. Si los días no eran difíciles ni fáciles, al menos serian. El recuerdo de las cosas que nunca existirían en ella, permanecerían en el corazón y el pensamiento de los ángeles con una sola ala que, aunque  obligados a abrazarse para poder volar, eran una de las mejores muletas de la desmemoria. 
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El rey tuerto

15.2.11


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(Refrán: En un mundo de Ciegos, el tuerto es el rey)

Hace un calor sofocante cuando voy al centro de día a buscar a la Mujer Olvido. Durante el trayecto la imagino vagando mientras... ¿me espera? No puedo evitar pensar también en aquellos que la acompañan sufriendo la maldita enfermedad convertida en una epidemia que extiende una red en la que caen las personas sin que, al día de hoy, se pueda evitar. Cuando paso por “la muralla”, en la calle de la Beneficencia, recuerdo a Teresa, que ya no anda y grita sin que nadie la oiga; a Ivonne, que me mira elegante desde una foto, y a Feli, que hace muchos años que vive entre la cama y la silla de ruedas, y, a pesar de todo, se agarra a la vida con una gran fortaleza. Me emociono al pensar que no existo para ellas y que un día, al revolver una esquina, dejé también de existir para la Mujer Olvido, Isabel.
El ansia y la espera de no se sabe qué, causa estragos en la gente que vagabundea como ella y se mueve tratando de llegar a algún lugar fresco. Vagan por los pasillos del tiempo, mirando de reconocer algo de su vida y de la de los otros. Ignoran todo y a todos porque el espacio donde deambulan es complejo y no se les entiende. Les cuesta captar las señales de su entorno y, probablemente, se encuentran sólo en un lugar en que ellos y el resto configuran mundos individuales y opuestos.
Aquello que llamamos destino, convertido en un pirata tuerto, les ha secuestrado y les obliga a surcar por las regiones ignotas de un mar tempestuoso, que les deslumbra con una luz que recula hasta dejarlos ciegos. El pirata tuerto, arrogante e irrespetuoso, se jacta de ser el rey de aquella tierra de nadie. La corte ve borroso y el pueblo es ciego porque viven ignorando aquella realidad, apoltronados en cómodas butacas; lo cual les impide hacer nada por aquellos seres tan necesitados, piensa divertido, observando los ojos de la irracionalidad que les ha crecido a las espaldas, que les obliga a huir constantemente y les imposibilita de reclamar el sentido común o la unidad. La única esperanza con que podrían luchar contra él. ¡Es tan poderoso, el azar ladrón de sonrisas...!
Los seres olvido secuestrados navegan a simple vista, asustados de encontrar según a quién que les hará un lío con las preguntas de siempre, con palabras que les hace perder la poca libertad que les queda porque no existe ninguna ley que las prohíba. Sienten el rechinar de dientes cuando las voces articulan los altisonantes interrogantes que componen una cháchara estéril al revolver las esquinas del tiempo: ¿Me conoces? ¿Sabes quién soy yo?...Ojalá que respondieran: “Te conozco y sé quién eres; tú me conoces y no sabes quién soy, pero da igual”; no lo hacen. ¿Por qué no se les ocurre a los interrogadores que no lo tienen por qué saberlo? ¿Nadie se da cuenta que tiemblan al no encontrar la respuesta? Los resortes que podían usar para liberar el pensamiento están averiados y les incapacita de entender o de conocer nada ni a nadie en aquel mundo que los contempla y les impide participar. Por eso acostumbran a responder, desorientados, con un tímido “hola” o un “sí”; también lo hacen con el silencio convertido en una caja donde guardan lo que vivieron. Para llegar, hay que encontrar una llave que está escondida en las profundidades del cerebro. El destino pirata les ha desposeído de ellos mismos, vistiéndolos de una soledad interior que los aliena. No saben que están oprimidos, por lo tanto, no conocen la promesa cruel de un más allá todavía peor del que están viviendo. Tampoco se dan cuenta que pasan por una situación inaceptable, en un mundo autómata que les enfrenta al silencio. Al fin y al cabo, ¿para que sirven las palabras en aquella trvesía desequilibrada y paradójica donde un rey caprichoso destroza vidas?
Afortunadamente, nada es lo que parece y el viaje lineal sin regreso, sin ningún Ítaca, les transforma, pero no puede borrar el mundo de los sueños ni el de las ideas, lugares donde todos los seres imaginan futuros comunes y andan en libertad. Hace mucho tiempo que el libre albedrío les visita y les ha enseñado a asociarse, a investigar, a hacerse preguntas, a interesarse por los otros, a desestimar la casualidad que en un juego de palabras se convierte en causalidad y quiere ser protagonista en vez de víctima. Allá no se cumple el dicho de “En un mundo de ciegos el tuerto es el rey”. Las palabras no se articulan en la garganta sin emitir ningún sonido; ocupan lugares en el silencio y buscan el orden y la magia. Dibujan paisajes con diferentes significados: Idea, Investigación, Asociaciones, Actividades, Psicoestimulación, Ayudas... Cada una de estas palabras son las muletas de los seres olvido y les borran los ojos de la espalda, cosa que les permite mirar al frente y continuar la travesía por otros mares menos tempestuosos, donde flotan las nubes de la lógica del bienestar. Los seres olvido no tienen que decir: “Explícame quién soy y que hago aquí porque no tengo recuerdos”, porque les ayudan a crear un conjuro ante las amenazas de la vida y de los tiempos con grandes dosis de flexibilidad en la planificación de actividades y analizando los factores ambientales y biológicos que les pueden inquietar.
Es entonces cuando la paz llega, ajustando cuentas con el pasado
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La mujer Olvido

21.9.10

En un intento de entender las palabras que me decía a mí misma, las escribía; pero las letras dibujadas sobre blanco no indicaban con claridad las ideas, incapaces de encontrar la respuesta que necesitaba, inhabilitadas para poder existir. Cada palabra tenía mil significados, casi tantos como los que tiene el silencio. Sin embargo, fueron la llave que abrió la puerta por la cual los pensamientos se escapan y tanto los buenos, como los malos, como los que me asustan, revoloteaban mostrándome “mi yo”.
El pasado se hizo presente y me ató, obligándome a sumergirme en el mar de los recuerdos que me llevó hasta la playa de la niñez, llena de cuentos y de lunas sonrientes. Seguí las huellas que dibujaban un camino en la arena, las cuales me llevaron a encontrarme con tres de los personajes que más había admirado: el hombre de lata, el hombre león y el hombre de paja, que tiempo atrás me enseñaron a seguir caminos sin desfallecer aceptando el miedo y la debilidad que todos tenemos dentro. Los acompañaba un personaje que no conocía y que en un primer momento confundí con la niña a la se habían unido, en el camino de las baldosas amarillas, cuando buscaban la ciudad de las esmeraldas. “Es la mujer olvido”, me dijeron. Al mirarla, me di cuenta que era un ser que pertenecía a un mundo desconocido, paralelo al nuestro, dónde sólo ella y otros seres como ella, mariposas de humo con sonrisas de cristal, podían existir. Asombraban sus ojos de niebla que buscaban constantemente la luz, la manera de andar lenta e insegura que la obligaba a mirar al suelo y la obsesión de repetir frases, de manera intermitente, como si quisiera que aprendiéramos una lección importante. Los tres hombres me invitaron a seguirlos por el camino que lleva al “Mundo de los Objetos Perdidos”, donde creían que su amiga había jugado a cambiar cosas de lugar, uno de sus juegos favoritos, y se había olvidado la memoria. Qué vereda más empinada tuvimos que seguir, ¡Dios mío! Cuando creías que al fin llegabas, se plegaba de tal manera que volvías a encontrarte al comienzo; mientras tanto la mujer olvido se iba alejando de nosotros y se nos hacía difícil alcanzarla. Era desolador permanecer en aquel camino desconocido; las lágrimas que no podíamos contener, el miedo y la angustia, al conocer más almas que andaban sin rumbo, nos hizo enfermar. Los médicos que nos atendieron nos decían que debíamos curar-nos antes de seguir, pero les faltaba una cosa muy importante, el libro de instrucciones que nos podía mostrar cómo hacerlo. Probablemente llevaban tanto tiempo viviendo en aquel lugar, que algún ser olvido les había empezado a esconder cosas y les era imposible encontrarlas. Continuamos andando, siguiendo a nuestra amiga y perdiendo salud a cada paso, hasta llegar a un gran mostrador ubicado en unas estanterías tan grandes que no les veías el final, donde podías leer escrito en muchos rótulos: “Mundo de los Objetos Perdidos”. Nos recibió una mujer idéntica a la que acompañábamos, pero completamente diferente. Lo más espectacular eran sus ojos llenos de luz, la sonrisa amplia, el ademán seguro y la fluidez en el habla. Nos dijo que ella y la mujer olvido eran la misma persona y que estaba contenta de haber podido escapar de su interior, aunque sólo fuera durante el tiempo que durara nuestra conversación. Nos enseñó la memoria perdida, que ella siempre guardaría en el plano que le pertenecía, a pesar de que no la podía mostrar porque su parte olvidada debía guardarse como si fuera un gran tesoro. Nos agradeció el hecho de haberle facilitado con nuestra amistat el único recurso que la podía hacer salir de aquel orbe en qué se había adentrado sin saber cómo; probablemente la causa era mostrar que existía y que lo debíamos evitar. Fantaseamos con un futuro en que los médicos sabrían cómo curar el olvido y los enfermos que había creado a su paso. Seguramente existía el camino cierto en que no cabía la posibilidad de desaprender todo lo que se había aprendido mientras se vivía. Mientras tanto sólo nos quedaba soñar.
Volvimos a la playa para que yo pudiera volver a casa. Lo hice sintiendo que era posible conseguir algo repartiendo mis sueños. Aquí empieza el reparto.
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La partida

24.7.10

El mundo del olvido, visto de cerca, es como una mesa muy larga, que no se sabe dónde empieza ni dónde acaba. A un lado, acostumbra a haber un ser que no tiene nada a ver, pero como no le está permitido reconocer la puerta por dónde ha entrado, puesto que esta desaparece en medio de un paisaje dibujado por una goma de borrar vidas, tampoco puede salir para tornar al hogar. Al otro lado, hay mucha gente: Seres olvido, familia, amigos, neurólogos, psiquiatras, psicólogos, médicos de familia, centros de día, residencias, representantes de varias administraciones...Sobre la mesa, si nos fijamos, podemos ver varios juegos que no se asemejan a los que habitualmente utilizamos para divertirnos en las tardes lluviosas, o como punto y final de ágapes familiares. Son extraños y angustiosos. Están compuestos por pensamientos estremecedores, pesadillas, impotencia, un grito constante de ¡piernas ayudadme, que no aguanto más!... Se juegan partidas simultáneas. El ser solitario lo hace contra todos los que tiene en frente. No puede perderse ninguno de los movimientos de los contrincantes y debe tener controlados minuciosamente los suyos ya que, si quiere descansar, debe ganar las partidas que se prolongan en el tiempo, diezmando esta clase de poderoso ejército vestido de indescriptibles juegos de mesa.
En este mundo, además de hacerlo con tinta invisible, se escribe la vida con faltas de ortografía. Es una hoja de bordillos anchos y vacíos, sin ninguna anotación, totalmente des-estructurada, con un nombre lo suficiente conocido, Alzheimer, pero sin forma, donde la gente que llega se pierde. De nada les sirve escudriñar con avidez, empequeñeciendo los ojos, con el fin de encontrar una señal que tan sólo los ayudará a llegar a la cruz que marca el camino de entrada y los obligará a andar reculando y en círculo, por una vereda que se asemeja  a una gran telaraña, zigzagueante y llena de cruces.
La gente que “allí nace”, hijos de un destino que al día de hoy nadie puede enmendar, empequeñece y les duelen los pies y las espaldas, que se curvan cuando andan; con la fragilidad de las flores que se agachan con humildad al recibir la luz del sol. No saben dónde pararse, no saben si hacerlo o continuar hasta el final del ocaso o el principio de la albada, donde quizás las estrellas nocturnas y las diurnas, los ayudarán a salir del fresco y oscuro escondrijo en que se encuentran. De pronto, llegan a articular alguna frase imperativa: “Vamos” o una en qué se refleja una intención: “Me voy”. ¿Dónde querrán ir? A veces consiguen asomarse a una claro, gracias al rescate de recuerdos imprecisos que les permite, aunque sea durante un instante, sentir latir el corazón de manera firme y recuperar al ser encallado en lugares más frescos del tiempo: 

“Que bien que está...”
“La señorita del pan pringado”

“Arriba en la montaña tengo un nido...”
“Que nunca ha visto nadie cómo es...”

“Las mañanitas de Abril...”
“Buenas són para dormir”

Este rescate, marea a quien tiene en su entorno consiguiendo que lleguen a crear espejismos del tipo: “No está tan mal...”. Otras veces, habría sido mejor que no salieran de la penumbra. Son aquellos momentos en que se han adentrado en la fase de la incontinencia, en la de las desavenencias, en la de la agresividad, en la de vivir en un lugar que no sea su casa, o en la de dibujar un cuatro fetal encima de una cama, sin moverse, llenos de llagas y la luz, traviesa, ilumina episodios que hace falta resolver lo antes posible. Resolver...Qué verbo más simple, avaro, usurero..., cuando se conjuga en este mundo. Cosen la vida a pedazos de diferentes colores, sabores, olores, sentimientos y emociones, parecidas a las bolsas que la Mujer Olvido, uno de los seres de éste mundo, cose con la cabeza baja, sin ver nada ni a nadie,  en el Centro de Día, cuando intentan mantenerla activa con aquello que había sido su trabajo. Ahora un cuadrado rojo, ahora uno morado, ahora uno verde...La mano temblorosa, toma seguridad al coger la aguja enhebrada y dibuja sobre el trozo de ropa un camino con punto atrás, pequeñito y enfilado, parecido a una procesión de hormigas sobre la corteza de un árbol. ¿Qué camino se ha de coger para ayudar los seres olvido? La vida está llena y a menudo dudamos cual. Ellos, se deleitan por el del regreso a tiempos vividos. Un hilo errático que discurre por mil realidades entrelazadas, simples o complejas, cambiantes. Nosotros escogemos el de la queja, el de la lucha en las diferentes partidas simultáneas que, aun cuando jugamos a ganar, están perdidas antes de empezarlas; el de la depresión que nos humaniza mostrándonos la faz de la debilidad, mientras nos vamos preguntando cual sería la solución. Quizás esta es: No hacerse preguntas sobre si hace falta o no continuar adelante, esconder el llanto y girar en aquel ángulo del sendero calcado del anterior, sin prisa, sin titubear y seguir atajando, mientras intentamos hacer frente al pensamiento que nos llega sobre si es mejor la muerte o la gran mentira del olvido. Cuando se acaba la partida, todas las fichas van a parar a la misma caja.
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