Al anochecer
Ojalá y cuando acabe el día lluevan palabras y que éstas detengan las agujas del reloj. Como hacíamos antes, a la vera del fuego o haciendo un corro en la puerta de casa, nos contaremos historias mientras Venus se hace visible y enciende la noche.
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Eco

31.1.16




Resurge en mi mente el recuerdo de sus voces y parece que nada haya cambiado desde entonces, cuando los cerezos perdían el velo blanco que los cubría, antes de su ocaso carmesí, y gestaban edenes en sus ramas desnudas. 


A los que andáis por aquí, buenas noches.


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Sabrosía

26.4.14



Emboscada en el verde, estalla la brillante y rojiza fertilidad de la tierra trabada en racimos. Se detiene el tiempo vacío entre las ramas combadas y se vive mil veces el dulce momento en el que todo es posible. 


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Sensaciones

7.5.13



La mañana merodea por sensaciones. Vístese de frío la nostalgia, mientras llueve en las calles vacías de la ciudad seductora, que confluyen en un callejón, alejado del interés turístico. Un inesperado encuentro con el aroma inconfundible enlentece el caminar, inundando la sensación de calma, previa al convite de vivir una aventura sensorial. El halo mágico se descubre vagamente, entre la decoración Art Deco y el aroma de cacao que invade los paladares, antecediendo la textura suave y delicada de un sabor ligeramente especiado y difuso. Las voces se entrelazan y se confunden con el humo que desprenden las tazas, en el epicentro del estímulo.


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Pascua

22.4.11



-Hay que creer en algo, en la religión, en la política, ... , o en un par de tetas, pero hay que creer en algo 
..........
- Muchas veces tengo la sensación de estar pasando por encima de mi propia vida sin enterarme.
..........
-Unos mueren para que otros vivan. Otros morirán por ti.
..........
-Qué se puede esperar de una ciudad que en el mapa tiene el norte hacia la izquierda.
(Mateo Gil: Nadie conoce a nadie. Adaptación de la novel-la de Juan Bonilla)


Las calles del tiempo estrenan la vida en medio de un mar de ramas de olivo, laurel y palmas. Se mueven festivos entre el silencio y el sonido de las campanas. La voz murmura: "Campanilla rosada, vestido de Pascua, primavera!". La voz canta: "Y el Domingo de Ramos comprará a su ahijado un palmón largo y blanco y un par de calcetines". Una nueva luz y nuevos colores acompañan Abril. El aire se impregna de perfume de incienso, del olor de las flores, y del aroma de los buñuelos y el chocolate de las monas. Queda lejos el tiempo en que barría el templo con la palma. Lloraba si me obligaban a dejarla en el altar o era tan pequeña que no servía ni de escoba. Quería que fuera grande y convertirla en cascada donde goteasen caramelos, lazos y rosarios. Sólo de esta manera podía competir con los palmones, convertidos en caballos que hacían numerosos viajes al imaginario.
Detrás del Domingo de Ramos, llegan los lamentos de la Semana Santa. La muerte danza en Verges i se escenifica en Cervera y Esparraguera. Las saetas se adentran en los corazones, allí en el sur y la solemnidad pasea por las tierras de Castilla. Un camino de vida triunfa el domingo de Pascua. La armonía del canto de las “caramellas”  se esparcen por plazas y calles. "Arañas, arañas, salid del agujero, que nuestro Señor ha resucitado".
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Piedad

28.12.10

La recuerdo, aunque tengo su imagen ingratamente desdibujada a causa del tiempo. Fue mi profesora de literatura en tercero de bachillerato. Nuestro primer encuentro, desastroso, lo considero importante porque forma parte de la historia de mi vida en que ella era el personaje principal. El primer día que nos dio clase, al verla, tuve la impresión de que era muy seria, cosa que no ligaba con su juventud. La dibujé en la libreta con un gran moño, diciendo: "Hola, soy la señorita Rotemmeyer". Se dirigía a nosotros hablándonos de usted. Hasta aquí se podía aguantar la situación ya que otros profesores nos tenían acostumbrados a este trato, pero la cosa se complicó cuando dijo que una de las lecturas obligadas del curso era "El Quijote" y que teníamos que hacerle entrega del resumen de la primera parte, el primer trimestre del curso. Haciendo un gran esfuerzo para reprimir el impulso de decirle que se desvariaba, alcé la mano pidiéndole permiso para hablar. Cuando me concedió la palabra, le aseguré que así no conseguiría que nos gustara ese libro. Se enfadó mucho y me sentó al final de la clase completamente sola ... Señorita Rotemmeyer? Me había equivocado. Era un monstruo sin nombre.
Las semanas posteriores fue cambiando la idea que se hizo de mí. A pesar de mi rebeldía, seguía sus explicaciones con interés. Un día, al salir de clase, me dijo que quería hablar conmigo. Estoy segura que en aquella conversación nació una fuerte amistad. Cuando acabamos de hablar me invitó a sentarme a mi lugar.
Por Navidad, además de colaborar en el regalo que le hicimos entre todos los alumnos, le escribí una felicitación a mi estilo. Con un fragmento de un libro que me había gustado mucho. En aquella ocasión fue el siguiente: “...Y así, las primeras buenas nuevas que tuvo el mundo y tuvieron los hombres fueron las que dieron los ángeles la noche que fue nuestro día, cuando cantaron en los aires: Gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”; y la salutación que el mejor maestro de la tierra y el cielo enseñó a sus allegados y favorecidos fue decirles que cuando entrasen en alguna casa dijesen: “Paz sea en esta casa”…De tal manera y por tan buenos términos iba persiguiendo en su plática don Quijote, que obligó a que, por entonces, ninguno de los que escuchándole estaban le tuviese por loco”. (Fragmento del Quijote, capítulo XXXVII). Se la entregué y cuando la leía le cayó alguna lágrima que se quitó de un manotazo.
Nos invitó a merendar en su casa a mi mejor amiga, Maite, y a mí. Aceptamos la invitación y...La tarde acabó accidentada.
Piedad vivía en un piso compartido con otra profesora que nos recibió con simpatía. En aquella época no había calefacción en las casas y combatíamos el frío con estufas de gas o braseros que se metían bajo una mesa cubierta por unas enagüillas. Estábamos merendando y charlando cuando cierto olor nos advirtió que las enagüillas se estaban quemando. Piedad y su compañera tuvieron un gasto extra.
El resto del curso sirvió para que nos conociéramos más. Me ayudó en el papel que me habían dado en la obra de teatro “El médico a palos” de Molière, que representamos al final de curso. Fecha en qué tuvimos que despedirnos porque ella era profesora interina y se acabó su contrato. Con una rebeldía mucho más fuerte que la manifestada cuando pretendía obligarnos a leer “Don Quijote”, acepté la realidad. Piedad se fue a Salamanca para dar clases al curso siguiente en el instituto.
Nos escribimos. Respondía a todas las cartas que le enviaba. Me habló de un chico que conoció y de sus planes de irse al extranjero para poder ampliar su formación. En Marzo le escribí comunicándole la muerte accidental de mi padre. Me telefoneó. Quería consolarme. Me aseguró que aquella misma tarde me enviaría una carta en que trataría un tema del cual no habíamos hablado: La muerte. Intentaba hacerme entenderla como el final de un viaje. Decía que era cómo si saliéramos de un puerto con el fin de hacer un trayecto, a veces corto y a veces largo. Que aquel viaje se acababa porque teníamos que volver a nuestros orígenes y que, quizás, continuaba en otro lugar. Sin embargo, lo más importante era lo que se conseguía en el trayecto. Años después leí el libro “El lobo estepario”, de Herman Hesse, en que hay una descripción muy parecida.
Continuamos escribiéndonos un año más hasta que un día su madre me informó que se había ido al extranjero y que le enviaría la última carta que le había escrito. No supe nada más de ella, pero durante los tres años que compartimos me enseñó a descubrir cosas importantes de la vida y me hizo sentir que yo era importante.
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Soledad

5.11.10


Epistola enim non erubescit... (Una carta no se ruboriza)
(Atribuït a Ciceró)


Los buzones, que permanecen impávidos, con el vientre vacío de palabras, me salen al encuentro. Se saben solos, prácticamente inservibles, y se empequeñecen con el paso del tiempo, rodeados por un paisaje mobiliario cambiante y nómada. Observan a los transeúntes con la esperanza de que alcen la mano que les abra las bocas anchas y rectilíneas y así calmar el hambre que arrastran. Desgraciadamente no tienen nada más que el color para atraer la mirada de los paseantes y éste, queda diluido en la policromía del mobiliario moderno que llenan plazas y calles.
Siento la quimera de unas costumbres amortajadas por avances, paladines de inmediatez. Las prisas roban el garabato resbaladizo y meditado de las palabras, que nos unía sin intermediarios al saltar de un sobre, con una sola dirección y un solo destinatario.
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Tiempo de "Vinum demere"

6.9.10

Ahora que estoy de vagar, te contaré mis simplezas:
De la uva sale el vino y el vino a mí me consuela.
Suela, la los zapatos, el zapato es de baqueta.
La baqueta no es badana, la badana para el forro es buena.
Buena es la memoria, de la memoria te acuerdas.
Te acuerdas de Juan Francisco, Juan Francisco no es Esteban.
Esteban perdió la maña, la maña de la hechicera.
La hechicera urde i urde. Urde el tejedor sus telas.
Tela, la de los cedazos, el cedazo harina cuela…
(De pequeña, me gustaba decirlo de corrido y sin equivocarme)


¡El final del verano se acerca, gracias a Dios! Lo hace con las prisas de la vendimia, empujada por una maduración precoz de la uva. Los pámpanos han abierto su abrazo, confiados, durante la cosecha. Ya no darán sombra a los frutos que atesoraban. Éstos son ahora la crisálida del vino.
El sol, casi otoñal, parece que se funde en el aire. No quema y nos da la libertad de salir a cualquier hora a la calle. Se puede tener en frente y no hay que escaparse. Todo es más nítido al poder mirarlo sin tener que cerrar los ojos hasta convertirlos en una pequeña raya. Los colores se dejan ver más y transforman el paisaje.
Cada inicio de ciclo, es como un estreno. Sale de mí la infancia y se lo pone con la misma ilusión que aquellos zapatos, el primer día de escuela.
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Probablement necessitaria una vareta màgica amb la qual destriar la línia, massa fina, entre la realitat i la ficció de pensaments, idees i sentiments. S'han anat desdibuixant a mesura que anava vivint.

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